La reticencia de Rocky
Rocky se detuvo en la puerta del refugio, lanzando una última mirada curiosa al interior. Meneó la cola, pero no con su habitual brío, como si estuviera dejando atrás una parte de su viaje. “Eh, no te preocupes, colega. Ahora nos vamos a casa”, le tranquilicé, tirando suavemente de la correa. Hizo un pequeño gesto de asentimiento, pensativo, sopesando mis palabras, y luego se volvió lentamente para seguirme. Percibí su ansiedad, pero también su preparación para lo que le esperaba.

La reticencia de Rocky
Extraña cautela
Mientras caminábamos hacia casa, los ojos de Rocky se desviaban a cada ruido y sombra, como si esperara algo… o a alguien. Sus orejas se agitaban al menor susurro de las hojas, manteniéndome a mí también en vilo. “¿Va todo bien, Rocky? Pregunté, estudiándolo de cerca. Se movía con la lucidez de un perro de patrulla, como un detective en busca de pistas sobre un misterio sin resolver que lo había atormentado. No pude evitar preguntarme: ¿por qué había pasado?

Extraña precaución

